Crónica de oficio
La fragua de Villa Lugano que sigue templando a mano
Don Osvaldo lleva cuarenta y dos años encendiendo el fuelle antes del amanecer
El taller abre a las cinco y media, cuando todavía no hay colectivos en la avenida. Don Osvaldo enciende el fuelle, revisa el carbón y empieza por las piezas chicas: bisagras, alcayatas, alguna llave de paso. La fragua no es un museo: sigue tomando encargos de vecinos y de dos constructoras chicas de la zona.
En la charla cuenta cómo aprendió de su padre, qué cambió cuando llegaron las rejas de aluminio y por qué se niega a soldar con electrodo lo que se puede templar a mano. El ruido del martillo sobre el yunque marca el ritmo de la mañana, y entre golpe y golpe aparecen las historias del barrio: el club, la escuela, los vecinos que ya no están.
La ficha final incluye dirección, horarios de atención y cómo llegar en colectivo. La fragua queda a pocas cuadras de la estación, sobre una calle de adoquines que todavía conserva el trazado original.