La Boca, Buenos Aires
Fileteado en un taller de La Boca: lo que se aprende mirando un colectivo
Un fileteador cuenta cómo copió sus primeros trazos de los coches de la línea 29
Publicado el 14 de marzo de 2024 · Crónica de oficio · Lectura de 8 minutos
El taller está lleno de plantillas, pomos de pintura y chapas viejas colgadas de la pared. Hay un banco de madera gastado en el centro y un ventilador que gira sin apuro. El fileteador aprendió mirando los colectivos que pasaban por la avenida y después copiando letras de almacenes y lecherías. No fue a ninguna escuela: se sentó en la vereda con un cuaderno y dibujó lo que veía.
En la charla explica qué diferencia hay entre el filete de coche y el de cartel. El de coche va sobre chapa curvada, con el pulso firme y la línea que tiene que aguantar el movimiento. El de cartel se pinta sobre madera o chapa plana, con más aire y letras que se leen de lejos. "No es lo mismo hacer un filete para un colectivo que para una farmacia", dice mientras mezcla rojo ladrillo con un poco de negro.
Por qué el rojo ladrillo y el negro siguen siendo los colores más usados. No es capricho: son los que aguantan el sol y la lluvia sin desteñirse rápido. El rojo se usa para los filetes principales, el negro para los contornos y las sombras. Después aparecen los dorados y los verdes, pero eso ya es para trabajos más grandes.
Cómo se cobra un trabajo por metro lineal. El fileteador toma el metro de la superficie a pintar y calcula según la cantidad de trazos y la complejidad del dibujo. Un cartel chico puede llevar dos días, uno grande con letras y flores puede llevar una semana. "No es lo mismo un filete recto que una guarda con hojas y volutas", aclara.
La nota incluye fotos de un cartel restaurado para una farmacia de Barracas. El cartel original tenía más de cincuenta años y estaba partido en dos. El fileteador lo desarmó, lijó la madera y volvió a pintar las letras con el mismo rojo ladrillo de antes. La ficha con la dirección del taller está al final, junto con los horarios de visita.